Ponte Vecchio (Venecia, Italia).

Ponte Vecchio, Florencia (Italia). Uno de esos grandes lugares románticos de la Europa tradicional. Ahí estaba con un grupo de amigos y amigas, hace unas semanas, contagiándonos de la magia que ese espacio desprende de noche. A nuestro alrededor numerosas parejas que recordaban el por qué se siguen necesitando el uno a el otro. Y en el centro un artista creando ese tipo de música que te remueve por dentro y por fuera. Como decía, se respiraba magia… pero aún faltaba por llegar la imagen que captó profundamente mi atención: una niña de unos 3 años y su madre acabaron emocionándome.

Ambas llegaron en una de esas bicis de paseo antiguas que si tuviesen el don de la palabra podrían contarte mil y una anécdotas en otros tantos caminos.La madre, vestida con ropas viejas y rotas, mostraba a través de su cara que había sufrido muchísimo en los últimos meses o, quizás, años. Pero llegaba ilusionada, acompañada de su pequeña. Quería mostrarle algo. Algo que sabía que le gustaría.

La niña sí llevaba ropas más nuevas y limpias. Daba la impresión de que alguien había sacrificado buena parte de sus (escasísimos) recursos para que sí pudiese tener lo máximo. Y no solo lo máximo en lo material. A la pequeña se le veía cara de haber sido feliz. De disfrutar de su corta e intensa vida.

Cuando llegaron al centro del puente, junto al músico, la madre bajó a su hija de la bici y la dejó libre por allí, mientras observaba sentada en el sillín. Laniña, sorprendida, casi ni podía caminar. Escuchaba unos sonidos que no se creía que saliesen de aquella persona. Miraba para el cantante, para las parejas, para el río… para todos lados. Le gustaba, y mucho, lo que descubría. Lo que sentía.

Cada poco, la ‘pezqueñina’ fijaba la vista en su madre, como preguntándole si aquello era real y si podía seguir allí más tiempo. La chica, con lágrimas en los ojos, asentía con la cabeza. Tampoco quería influir demasiado en la experiencia de la cría. Su parte del trabajo ya estaba hecho: haberla acercado hasta allí, para que pudiese disfrutarlo. Se notaba que no había sido fácil llegar hasta aquél día, a aquella hora y en aquel sitio, pero lo habían conseguido. Juntas.

Era difícil adivinar quién de las dos era más feliz. Pero sí tenían claro que cada una le debía ese momento a la otra. Las miradas entre ellas lo decían todo. Estaban separadas unos metros, pero juntas al fin y al cabo. Había merecido la pena el esfuerzo. Era una imagen preciosa. Una experiencia que recordarán con cariño durante bastante tiempo.

Tuve la suerte de estar allí para poder verlo y, sobre todo, sentirlo. Reconozco que mi instinto me hacía querer inmortalizar aquel momento. Pero ni quería ni podía sacar la foto. Era su momento. No debía hacer nada que pudiese estropeárselo. Y tampoco me veía legitimado para robarlo con mi cámara. Ellas se merecían que fuese solo suyo, sin interferencias banales. Lo único que quise hacer, e hice, fue cruzar con ellas una mirada cómplice queles trasmitiese un “¡enhorabuena, disfrutadlo!”. Vi en ellas una respuesta de gratitud, de empatía. Quizás habían notado que mis ojos se habían contagiado de su emoción. Pero, era su momento.

Poco después me saludaron y partieron en su bici para seguir viviendo experiencias. Juntas. Más unidas aún, si cabe. Iban felices. Satisfechas. Con ganas de más.

No me traje la foto para el recuerdo, pero sí la emoción de haber compartido en la distancia el amor de una madre por su hija y como ésta le agradecía el esfuerzo. Vengo más que satisfecho. Espero tardar en olvidarlo.

¿Y vosotros? ¿creéis que he hecho lo correcto o pensáis que podía haber tomado perfectamente la imagen?

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